Parece que tenemos un nuevo tema de moda en el sector legal: la innovación. Apenas nos hemos arreglado con las Redes Sociales, el marketing de contenidos, el marketing jurídico en general y ya nos ponen delante otro de los retos que no hemos ni buscado ni pensado.

Además nos han propuesto la innovación disruptiva, la evolutiva, la de paso a paso, etc. Y los más sensatos nos hablan de innovación de producto, de servicio o de proceso. Toda una gama de problemas que no teníamos. ¿O quizás si?

En nuestro sector innovar cuesta mucho, no dinero, sino esfuerzo. Las reglas que rigen a despachos de abogados parece que nunca cambian y por ende no hay que innovar. Pero los abogados si innovan, y mucho.

Nuevos textos legales, nueva jurisprudencia y nuevos delitos u oportunidades de negocio han cambiado mucho el trabajo de los letrados y letradas. Se han abierto a la mediación, al arbitraje, al compliance y a LexNET. Nadie puede decir que en la abogacía no se innova.

Pero tal y como se desarrolla ahora el debate, hay que preguntarse si innovamos bien. A mí se me antoja a concluir que no.

La innovación tecnológica en los despachos va lento y falta inversión.

La innovación de productos ha sido buena, hasta muy buena, como hemos podido comprobar en servicios como el compliance, o productos para atender a los afectados por hipotecas o preferentes.

La innovación de procesos quizás sea la más estancada. Los Legal Project Managers en los despachos se puede casi contar con los dedos de una mano, y la certificación de calidad, o lo que en Qlawyer llamamos sistema de gestión, no ha impactado apenas. Cambiar la forma de trabajar causa inseguridad y cierto rechazo.

Sin embargo es la innovación de los procesos el gran reto de los despachos actuales, sean pequeños o sean grandes. La presión de costes, el “more for less” de Richard Susskind, obliga a optimizar el funcionamiento del despacho para poder seguir tener beneficios con precios a la baja.

¿Y cómo afrontamos entonces la innovación?

En mi humilde opinión empezaría con una certificación – y no por venderles un servicio que ni requieren. La certificación obliga a establecer las reglas de funcionamiento del despacho en una forma escrita, antes manuales gruesos e incomprensibles, y ahora charts y diagramas.

Una vez que tenemos el plano de nuestro despacho, podemos analizar donde es necesario innovar. Quizás habrá que cambiar de producto, porque el servicio ya no se demanda, o porque no podemos hacerlo al mismo precio que la competencia.

Innovar en como ofrecemos y realizamos el servicio también podremos leer del mapa y del análisis que nos ofrece la certificación. Y aquí si hay mucho margen para innovar.

Algunos consultores subrayan que innovar es una filosofía, un “state of mind” que requiere de decisiones y lideres en las organizaciones que permitan innovar.

No hay que ser un innovador disruptivo, es decir cambiar de golpe de paradigma, basta con crear una comisión de innovación, que junto a un consultor externo (lo que recomiendo, pero tampoco para venderles una moto más) pueda analizar lo que se cuece en el despacho. Se puede innovar “step by step”, pero hay que tener claro la meta.

Habrá que vencer la resistencia de algunos elementos que no quieren abandonar la zona de confort, pero finalmente toda la organización tiene que tener claro: Las cosas en el mercado cambian y cambian muy de prisa.

Algunos consultores recomiendan incluso la creación de un departamento de innovación dentro de la firma. Sin duda un recomendación maximalista y del todo acertada. Ignition Consulting Group lo analiza en su blog cuya lectura merece la pena.

Yo les invito a reflexionar, aprovechar algunos instantes de ocio y pensar en innovar. Para los audaces siempre estan Clayton M. Christensen, Michael E. Raynor y Rory McDonald: What is Disruptive Innovation,  que reorientan el debate sobre que es innovación disruptiva frente a innovación sostenible.

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